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Nuestra sociedad padece el síndrome de astronauta. Ha crecido en ausencia de gravedad. Y ahora, en esta fase de aterrizaje al que aboca la crisis ecosocial, se ve obligada a reducir el tamaño que adquirió en condiciones artificiales

La gravedad es la fuerza con la que todos los cuerpos que tienen masa se atraen entre sí. Es, especialmente, la fuerza con la que la Tierra los atrae hacia su centro. La acción de la fuerza de gravedad explica por qué permanecemos sobre la superficie y no flotamos por la atmósfera.

La ingravidez es el estado por el que algo que pesa no siente, sin embargo, la atracción de la gravedad. Puede ser porque esté a tanta distancia del astro que la ejerce que no opere, o por haber construido condiciones especiales que hacen que no la sienta.

Gravedad proviene etimológicamente de las palabras peso y cualidad. Es una cualidad de todo cuerpo en la Tierra pero la economía convencional cree que no pesa. La tecnología promete deshacer el nudo que ancla lo humano a la tierra, que ata a lo humano entre sí y con el resto de lo vivo. Muchos seres humanos aspiran a no sentir el peso.

Quién no ha visto las imágenes de los cuerpos en el espacio, ajenos a la gravedad. Ligeros, flotantes, elegantes… Encerrados en recintos limpios, nuevos e impecables. Quién no ha soñado, al verlos, con desplazarse así, sin esfuerzo, sin peso.

Pero la gravedad es una cualidad que permite la vida existente. La ausencia de gravedad es una rareza que hay que construir deliberadamente a partir de la materialidad de la tierra. El coste material de la pretensión de ingravidez es extremadamente alto. Energía, materiales, trabajo, dinero. Es descomunal la inversión que es preciso hacer para conseguir que las personas no mueran o enfermen menos cuando hay ausencia de gravedad.

Cuando no pesan, los cuerpos se desordenan. La ingravidez provoca la pérdida rápida de masa muscular y ósea. Sin gravedad, no hay carga de peso en los músculos de la espalda y las piernas, y estos se debilitan y encogen. Los fluidos –alrededor del 60% del peso del cuerpo humano– se redistribuyen y tienden a acumularse en la parte superior del cuerpo. Por eso, los astronautas tienen la cara hinchada.

Durante el tiempo que dura el viaje espacial, los espacios intervertebrales, al verse libres de la presión a que son sometidos por la gravedad, se expanden. Los astronautas crecen varios centímetros. La vuelta a la Tierra provoca una compresión brusca de los huecos entre las vértebras y el decrecimiento abrupto de la estatura.

Pero sobre todo, en ausencia de gravedad se sufre una sensación de mareo, vértigo y caída permanente. Fue el cosmonauta soviético Gherman Titov, segunda persona después de Yuri Gagarin en completar una rotación completa alrededor de la Tierra en 1961, el primero en dar a conocer la llamada enfermedad del movimiento.

También la sufrirían Ham, el chimpancé que, antes que Gagarin, fue el primer homínido arrojado al espacio y Laika, una perra de la calle, el primer ser vivo que, sin olerlo ni beberlo, se vio obligada a vivir sin gravedad.

En el espacio, los astronautas pierden el sentido de la orientación, de la verticalidad. No saben si se encuentran cabeza arriba o cabeza abajo.  Los procesos fisiológicos, principalmente los relacionados con el sistema de equilibrio, deben adaptarse a las nuevas condiciones de ingravidez. Cuando el ajuste no es completo, se producen náuseas, mareos, vómitos, dolores de cabeza, fatiga, malestar general, alucinaciones visuales, desorientación en el espacio y pérdida del sentido del equilibrio. La enfermedad del movimiento se llama también síndrome de adaptación espacial o enfermedad espacial.

Parece ser que los culpables de la enfermedad espacial son los otolitos, que se hacen un lío en ausencia de gravedad. Los otolitos. Unos cristales de oxalato y carbonato de calcio recubiertos con una membrana de fibra de celulosa-gelatinosa que están situados en el oído interno.

En tierra, cuando la cabeza se mueve de arriba y abajo, hacia adelante y hacia atrás, o hacia la izquierda o hacia la derecha, los otolitos cambian de posición y envían información al cerebro permitiendo que nuestro cuerpo sea consciente de las aceleraciones, del equilibrio y de dónde está el suelo.

El desbarajuste de los otolitos causa también la alteración de la propiocepción. La propiocepción es un sentido como el olfato o la vista. Informa al organismo de la posición de sus propios músculos y otorga la capacidad de sentir la posición relativa de partes corporales contiguas.

Interviene en la autopercepción del esquema corporal y en la relación del cuerpo con el espacio. Participa en el control del equilibrio, en la coordinación de ambos lados del cuerpo y  en el mantenimiento del nivel de alerta del sistema nervioso, Influye en el desarrollo emocional y del comportamiento.

Dicen que los otolitos se acaban acostumbrando a vivir en el espacio y que las molestias van desapareciendo a medida que el organismo se adapta a las  nuevas condiciones; que te puedes acostumbrar a vivir sin referencia territorial, sin saber qué es arriba o abajo, dónde está la derecha y dónde la izquierda y sin saber cuál es tu posición relativa respecto a lo que te rodea.

El problema es que cuanto mejor es la adaptación a la ingravidez más se olvida cómo es el funcionamiento terrícola. Los primeros astronautas que viajaron al espacio se sorprendieron al comprobar que a la vuelta, al recuperar el peso, tenían que esforzarse mucho para mantener la postura vertical. No podían moverse o caminar.

Eran incapaces de estar con los pies en el suelo, sin ayuda de nadie, más de diez minutos seguidos sin desmayarse. Tenían que readaptarse al anclaje a la Tierra y los efectos tardaban bastante tiempo en desaparecer.

Cuenta Abi Andrews en Naturaleza es nombre de mujer que las esposas de astronautas que iban al despegue del Apolo tenían que ir con sus hijos a cuestas, sonreír ante las cámaras, saludar y decir que estaban orgullosas, emocionadas y contentas. Presenciaban cómo su esposo, padre de sus hijos y medio de subsistencia era lanzado al cielo en un trozo de aluminio.

Puede que a esas mujeres también les hubiese gustado ir al espacio pero no podían. Los héroes desinteresados podían flotar en el espacio porque ellas se quedaban en la Tierra para seguir atendiendo la vida que pesa. Se daba por hecho que esos héroes, cuando volviesen a la Tierra, no supiesen qué estaba arriba y qué abajo y no pudiesen estar más diez minutos de pie sin ayuda, ellas estarían allí.

Para que unos pocos seres floten, tiene que haber muchos más que mantengan la toma de tierra. Territorios habitados por otros seres humanos, animales, plantas, rocas y, sobre todo, mujeres continúan afrontando las consecuencias de gestionar la fantasía crónica de abandonar la gravidez. Es una forma específica de explotación.

Javier Casado en el interesantísimo libro Rumbo al cosmos. Los secretos de la aeronáutica relata que los y las astronautas suelen ser poco dados a hablar públicamente de unos síntomas que pueden hacerles aparecer como débiles y que, incluso ante el control de la misión y el equipo médico de tierra, intentan minimizar u ocultar los malestares. Dice Casado que los testimonios más sinceros al respecto provienen de personas que no son astronautas profesionales. La turista espacial Anousheh Ansari, que voló a  bordo de una nave Soyuz en 2006, confesó: “Toda la vida queriendo ir al espacio y cuando finalmente lo conseguí me encontraba tan enferma que ni siquiera podía mirar por la ventanilla”.

Pero, la promesa de fuga de la gravedad y de anclaje a la tierra y a los cuerpos es extremadamente seductora para la cultura occidental. Es más bien un objetivo, el final de un castigo.

El relato fundacional judeocristiano narra la desgracia de un ser humano expulsado del cielo. Exiliado a una tierra hostil, obligado a someterla para poder sobrevivir, a vagar en una permanente búsqueda del cielo, a expiar el pecado de comer los frutos del paraíso que le habían sido prohibidos. No percibe la naturaleza a la que pertenece como un hogar. La vida real es una condena.

La pulsión de escapada hacia el paraíso en el que la vida no pesa, no cuesta, se materializa en el sueño de fuga al espacio, a los mundos de Disney, a los macrocentros comerciales, a los parques temáticos, a los resorts turísticos, a las urbanizaciones-fortaleza, a las casas de apuestas. Burbujas autónomas y metálicas de vida artificial, en las que los flujos de energía, los ciclos de materiales, los residuos y las necesidades no existen.

Es la fuga, como señala Umberto Eco, al mundo de la falsificación absoluta. En la burbuja, los otolitos que permiten el equilibrio se extravían y se sustituyen por otros que alejen la percepción de malestar.

La economía en Occidente evolucionó divorciándose de la Tierra, soñando con un planeta inagotable, alimentando la promesa de que era posible vivir sin depender de los bienes de la Naturaleza, flotando por encima y por fuera de la trama de la vida. Es una economía pretendidamente desconectada de los límites, fantasiosamente ingrávida. Una gigantesca pompa que orbita informada por otolitos monetarios.

Es una economía que ha roto el cordón umbilical que la unía con la tierra y los cuerpos. No hace pie. Bracea y se sostiene a flote gracias al legado de la fotosíntesis realizada cientos de millones de años atrás. Es una economía que actúa en diferido. Cada generación le endilga el marrón a la siguiente

Nuestra sociedad padece una especie de síndrome de astronauta. Ha crecido y se ha expandido en ausencia de gravedad. Y ahora, en esta fase de aterrizaje forzoso al que aboca la crisis ecosocial, se ve obligada a reducir abruptamente el tamaño que adquirió en condiciones artificiales.

Con los otolitos que permiten hacer pie descuajeringados, tiene serias carencias y  dificultades para adaptarse a la realidad material terrestre y translimitada. Empeñada en seguir flotando, no es capaz de mantenerse de pie proporcionando bienestar para el conjunto de los seres humanos ni de sentir preocupación por el resto de la vida. No sabe cuando está boca arriba o boca abajo, lo que es superficie y lo que es fondo,  qué es la derecha y qué la izquierda.

En ausencia de gravedad se produce el extravío del equilibrio y la orientación. Los seres humanos occidentales, autodespojados de la condición terrícola, no somos capaces de comprender nuestro propio lugar en el universo y nuestra posición relativa respecto a la de otros seres vivos o sujetos inertes. Nos cuesta entender nuestra ubicación inevitablemente ecodependiente e interdependiente, quisiéramos apostatar de ella.

Según el material desclasificado en la Unión Soviética, hace 50 años, mientras la Soyuz-11 regresaba a la Tierra tras completar la primera misión de la historia en una estación espacial, los cosmonautas soviéticos Gueorgui Dobrovolski, Vladislav Vólkov y Víktor Patsáyev se mostraban alegres ante el regreso. “Nos vemos mañana, preparad el coñac”, fueron las últimas palabras de Vólkov a ciento cincuenta kilómetros de la Tierra. No llegaron vivos.

A la economía convencional también le resulta imposible visibilizar su propio fin. La ingravidez de la economía capitalista ha supuesto un deterioro ecológico y una alteración de las condiciones de equilibrio que sostienen la vida sin que mayoritariamente, hayamos sido capaces de escuchar los avisos. Sus indicadores –otolitos ingrávidos– fueron diseñados para mantener un solo equilibrio, el del dinero. Las señales que envían la propia tierra y los que aún no extraviaron el equilibrio son indescifrables desde dentro de la burbuja.

El resultado es una cultura material rodeada de residuos, ahogada en sus propios vómitos, asediada por sus propias mierdas que, como la basura espacial, circulan a enorme velocidad e impactan violentamente contra nosotros mismos.

Quienes están amparados por el poder económico, político y militar aspiran a mantener la ficción flotante y quienes no sucumben y pierden derechos, mientras confiados envían mensajes para que les vayan preparando el coñac. Cuanto más persiste la normalidad supuestamente ingrávida capitalista más cuesta escapar culturalmente de ella y menos capaces somos de readaptarnos a las condiciones terrícolas.

La ilusión de la expansión sin límites, de flotar sin esfuerzo, es droga dura. Es el opio de una cultura permanentemente fumada, adaptada a las condiciones ficticias de ingravidez, angustiada porque no hace pie, pero atemorizada para imaginar la readaptación.

Alien significa extranjero. Vivir alienado es vivir extraído de la propia condición humana. El capitalismo tiene una lógica extraterrestre. Por eso a algunos no les duele pensar en escapar de la Tierra después de agotarla… Tanto buscar vida alienígena y la tenemos delante de nosotras.

¿Puede una sociedad de alienígenas hacerse terrícola? La condición previa es reconocer que nuestra cultura está vuelta del revés, cabeza abajo y que el fin del mundo ingrávido ya ha tenido lugar. Muchas veces decimos que en tiempos de cambio climático y translimitación, el inevitable aterrizaje en la tierra tiene que ser más el resultado de la seducción que del temor.

Claro que hace falta seducir, pero también creo, que abandonar una cultura construida sobre la promesa de la escapada del peso, del esfuerzo y del dolor, que rehúye el conflicto y mira hacia otro lado cuando se trata de la violencia y la explotación, requiere pasar un duelo:  la constatación del fracaso de las promesas de la triada progreso, tecnología y capital para garantizar la felicidad y la dignidad a todas. La suficiencia, el reparto y el cuidado, cuestiones centrales para encarar el inevitable decrecimiento de la esfera material de la economía, solo se convierten en horizontes deseables si hay consciencia de la finitud, la vulnerabilidad y el previsible colapso. Me temo que para desconectarse de la droga dura hay que pasar el mono.

No se pueden hacer las paces con Gaia y, a la vez, contemporizar con la lógica fantasiosa y sacrificial del capitalismo. Solo echando el ancla en la Tierra podemos conseguir encontrar un centro de gravedad permanente que ayude a reconstruir una especie de propiocepción social, que permita saber qué está arriba y qué abajo; qué está a la derecha y qué a la izquierda; que permita, como dice Jorge Riechmann, discriminar entre lo que nos acaricia y lo que nos aplasta.

“¿Cómo hacemos para que nuestro organismo tenga la energía necesaria para ir movilizando cargas de indignación, de rabia, de vergüenza, de duelo, de mucha impotencia ante múltiples formas de opresión que tenemos cotidianamente?”, se pregunta Lorena Cabnal, feminista y defensora comunitaria originaria del pueblo Xinca-maya de Guatemala.

Denomina al proceso para lograrlo sanación. Sanar para nosotras mismas, para las generaciones actuales y para las que están por venir. Recomponer los equilibrios conectando con el resto de seres humanos y no humanos. Un acto político y consciente para recomponer la vida en común sin expulsiones.  Convocarnos a la alegría, al placer, a la dicha, al disfrute aun en medio de todos los sistemas de opresión, patriarcales, colonialistas, racistas y capitalistas neoliberales contra los que nos organizamos, dice Lorena. Una hermosa manera de transgresión en este tiempo que nos tocó vivir.

Tomar tierra supone una insurrección cultural. Con eso, me quedo.

 

 

Por Yayo Herrero

Es activista y ecofeminista. Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y diplomada en Educación Social.

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