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Ayn Rand pasó como un ciclón por encima de veinte siglos de moral establecida para defender un concepto altamente controvertido: el derecho de todo ser humano a ser racionalmente egoísta 

Ayn Rand y la filosofía que fundó, el objetivismo, revolucionaron la filosofía del siglo XX. Filósofa y escritora, cargó con todo y contra todos, despertando amores y odios como pocos filósofos en los últimos siglos.

Su sistema filosófico “para vivir en la Tierra” es un corpus cerrado, hermético, que, basado en conceptos heredados de Aristóteles y desarrollados por ella misma, tiene un mensaje diametralmente claro: la principal característica del ser humano es su racionalidad y esta es capaz de comprender objetivamente el mundo que le rodea, permitiéndole ese conocimiento alcanzar su propia felicidad en la vida.

Rand fue una de las filósofas que mejor estudió y sistematizó el concepto de la libertad individual

Defendiendo a su vez los principios y fundamentos éticos de su consecuencia política, el capitalismo, “el único sistema económico moral de la historia”, estableciendo un código libertario y minarquista –el papel y la influencia del Estado en una sociedad libre debe ser el mínimo necesario– que no ha parado de desarrollarse a lo largo de los años.

Fue la filósofa que defendió con mayor ahínco los derechos individuales, siendo una enemiga implacable de todos aquellos que sacrifican la libertad del hombre a los caprichos de los políticos, los edictos de los burócratas y la envidia de los igualitarista

Una individualista bajo el comunismo

Alisa Zinovievna Rosenbaum nació en San Petersburgo, Rusia, en 1905. Era la mayor de tres hermanas dentro de una familia de boticarios judíos. Desde su más tierna infancia, Rand mostró una más que notable inteligencia, si bien el rasgo de su personalidad más llamativo era su individualismo exacerbado: no toleró que nada ni nadie le obligara a hacer o pensar aquello que no deseaba.

Ni hombre, ni mujer, Dios o presidente tenía ninguna legitimidad para dirigir la vida de una mujer que consideraba que la mayor responsabilidad y el mayor derecho que tenía cada persona era dirigir su propia vida de la manera que considerara adecuada.

Ayn Rand aprendió a leer por sí misma a los 6 años y a los 9, tras leer a Victor Hugo –su mayor influencia literaria–, Dumas, Walter Scott, etc., tomó la decisión de convertirse en escritora, poniéndose de inmediato a la tarea. En una entrevista con Tom Snyder (1979), la filósofa recordaba cómo escribía sus novelas durante sus clases, siendo, a pesar de ello, la mejor estudiante en todos los centros que pisó.

Una individualista radical como Ayn Rand habría de repudiar absolutamente, pese a su juventud, la Revolución bolchevique de 1917 y el régimen que esta implantaría: el comunismo. Durante la guerra civil posterior que se desató durante los primeros compases de la URSS, la familia huiría de los combates a Crimea.

A su regreso a su hogar –rebautizado como Petrogrado tras la I Guerra Mundial– fue testigo de la implantación de la dictadura de Lenin y la desaparición de todos sus ideales de libertad. Con el negocio familiar nacionalizado, el patrimonio confiscado y el convulso periodo político que trajo la revolución, toda la familia sufrió privaciones, hambre y miseria que no harían más que robustecer las creencias de Ayn Rand.

Ayn Rand se matriculó en la universidad de San Petersburgo para estudiar Filosofía e Historia, graduándose en 1924.

Ese periodo sería retratado en su primera novela de renombre, Los que vivimos (1936), en la que la autora ya daba muestras del odio visceral que sentía hacia el comunismo, el fascismo y cualquier ideología totalitaria-colectivista que se arrogara el derecho a decidir la vida privada de sus ciudadanos.

También expresaba su mayor deseo: huir a los Estados Unidos, sueño que cumpliría al año siguiente. Tiempo después, ya nacionalizada, diría: “Llámenlo destino o ironía, pero yo nací, de entre todos los países de la tierra, en el menos conveniente para una fanática del individualismo: Rusia. Soy estadounidense por elección y soy estadounidense por convicción. Vine al mundo en Europa, pero emigré a este país porque era el único en el que uno podía ser realmente libre

La tierra prometida

Aprovechando un permiso temporal para visitar a unos familiares, Rand llegó a Estados Unidos con la decisión de no volver a pisar jamás la Unión Soviética. Se cambió el nombre a Ayn Rand para evitar las consecuencias de su huida y en 1926 se estableció en Nueva York, trabajando en todo tipo de labores que le permitieran subsistir y aprender el idioma.

Ayn Rand en 1932, Rand consigue vender su primer guion para el cine, Red Pawn (Peón Rojo), a la compañía Universal. Y también logró ver representada en Broadway su obra de teatro La noche del 16 de enero. Pero no sería hasta unos años después cuando lograría alcanzar su sueño con la publicación de la ya citada Los que vivimos y una novela corta, Himno (1938), en la cual ya se observan perfectamente las que serían las piedras angulares del pensamiento objetivista: el egoísmo racional, la inmoralidad del altruismo y la racionalidad humana.

The Fountainhead

Unos principios que aparecerían más pulidos y perfeccionados en su siguiente novela, El manantial (The Fountainhead), publicada en 1943 tras ser rechazada por una docena de editoriales y convertida en un bestseller cuyas ventas aún se suceden.

En ella, Rand muestra claramente los ideales del objetivismo, representados principalmente por el protagonista de su novela: Howard Roark, el hombre que no existe para otros: “A través de los siglos hubo hombres que dieron los primeros pasos por nuevos caminos armados solo con su propia visión.

Sus objetivos eran diferentes, pero todos tenían esto en común: el paso era el primero, el camino era nuevo, la visión era original. Siguieron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron el precio. Pero ganaron”. Toda una declaración de intenciones que reflejaba el pensamiento de la propia Rand. La cuestión no era quién iba a dejarle cumplir sus objetivos, sino quién la iba a frenar.

Su obra maestra

A finales de 1943, Ayn Rand regresó a Hollywood para trabajar como guionista en Hal Walls Productions, y tres años después comenzó a escribir su siguiente novela: Atlas Shrugged (literalmente: “Atlas se encoge de hombros”, título que sería sugerido por O’Connor, aunque en principio el libro iba a llamarse La huelga), traducido al español como La rebelión de Atlas.

En 1951, Ayn Rand vuelve a Nueva York decidida dedicarse a tiempo completo a terminar su obra, que no vería la luz hasta 1957. Al igual que ocurriría con El Manantialfilosóficos , Rand comprendió que para crear personajes reales debía interpretar los principios que los regían, pues defendía que el ser humano, aunque él mismo no lo sepa en muchas ocasiones, no puede vivir en el mundo sin una filosofía que estructure su vida. Así, si El manantial fue la visión individualizada del ideal humano de Rand, La rebelión de Atlas fue su visión colectiva.

El libro cayó como una bomba sobre 2.000 años de filosofía moral establecida.

Alrededor de su trama ficticia, Rand elaboró una historia que ejemplificaba los principios del objetivismo, integrando en la misma ética, metafísica, epistemología, política, economía, etc. La rebelión de Atlas fue su obra maestra y le garantizó el fanatismo incondicional de millones de lectores en todo el mundo, que veían en sus obras los principios que siempre habían sentido como propios y correctos.

Aún hoy, la influencia de la obra se traduce en miles de ventas anuales, especialmente durante la última crisis económica, que para muchos era el resultado de lo que ella profetizó en su novela en los 50. En Estados Unidos La rebelión de Atlas es considerada una de las novelas de ficción más influyentes de los últimos tiempos

El objetivismo

Después de esto, Ayn Rand se dedicó a crear la filosofía que había reflejado en la ficción. Así surgió, ya como tesis filosófica propiamente dicha, el objetivismo, el cual ella misma se encargó de expandir mediante conferencias, revistas y libros filosóficos. Rand demostró con ello que no era una simple novelista, sino que detrás de sus personajes había una mente y una teoría coherente, formada y académica, que plasmó en los siguientes años en El nuevo intelectual (1961), La virtud del egoísmo (1964), Capitalismo: el ideal desconocido,

El manifiesto romántico (1964), La nueva izquierda (1971), Introducción a la epistemología objetivista (1979) y Filosofía, ¿quién la necesita?, esta última publicada en el mismo año de su muerte, en 1982. Sin embargo, esto no significó el fin de su obra, pues en 1985, quien fuera su principal discípulo y amigo, Leonard Peikoff –dueño de los derechos de las obras de Rand–, creó el Ayn Rand Institute, dedicado al estudio, la divulgación y el legado del objetivismo hasta nuestro días.

Sus conceptos aun se difunden ampliamente

A día de hoy las ventas de las obras de Rand superan los 25 millones de copias en todo el mundo y su filosofía cuenta con millones de seguidores que repiten sus ideas a favor de la reducción del poder del estado, la independencia de la economía sobre la política, el ateísmo y la certeza de que el conocimiento humano no es relativo o probable, sino cierto y verdadero. Ideas que, por otro lado, le han granjeado también el odio incondicional de millones, especialmente entre los conservadores (por su ateísmo y su oposición a las tradiciones mayoritarias) y la izquierda (por su odio al colectivismo en todas sus formas, la negación de la realidad del marxismo y la defensa radical del capitalismo).

Siempre en los extremos

Amada u odiada, nunca dejó indiferente a nadie, algo que a ella nunca pareció importarle, fiel a la mentalidad que había regido su vida: nadie tenía derecho a imponerle ninguna idea o actitud sin su consentimiento: “No soy primariamente una defensora del capitalismo, sino del egoísmo; y no soy primariamente una defensora del egoísmo, sino de la razón. Si uno reconoce la primacía de esta y la aplica consistentemente, todo lo demás viene por descontado. La supremacía de la razón era, es y será el principal interés de mi trabajo y la esencia del objetivismo”.

 

Por Jaime Fdez-Blanco Inclán

 

Fuente filco.es

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