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El paso del destructivo Iota en menos de dos semanas después del paso de Eta marca la primera vez que dos potentes huracanes se forman en la cuenca atlántica en noviembre desde que hay registros, dejando una página de luto y destrucción inédita para Centroamérica en la segunda década del siglo.

El impacto del fenómeno destructivo Iota en la costa caribeña de Nicaragua no pudo ser más brutal. Vientos máximos sostenidos de hasta 260 kilómetros por hora, ensañados con la herida aún abierta dejada por su par Eta solo 13 días antes en el mismo escenario, conformaron un panorama dantesco.

Pero si el primero no causó un rastro de sangre en la nación más extensa de la región, al menos de forma directa, la suma de vidas arrebatadas por su sucesor el destructivo Iota comenzó a gotear desde la mañana del 17 de noviembre, cuando el dios maya del viento, el fuego y la tormenta talaba bosques, desgajaba laderas y preñaba ríos en el norte del país.

Árboles caídos, tejados arrancados de las casas, postes de electricidad derribados, peligrosos deslaves y una creciente fluvial desbocada incrementaron la cuota de sufrimiento que provocó Iota con su disfraz de vientos malditos.

Dieciséis víctimas arrojaron los primeros conteos de la tragedia. Además, unos 45 000 pobladores fueron evacuados y repartidos entre 250 albergues.

La economía de Nicaragua, minada por las  protestas  en 2018 y vapuleada este año como todas por la pandemia, acaba de recibir un mazazo con el destructivo Iota capaz de aturdir a otras mucho más boyantes.

Recuperar lo que dos huracanes se tragaron en par de días tendrá un alto costo en tiempo y en finanzas, por supuesto. Según un cálculo muy preliminar, Eta dejó daños por más de 170 millones de dólares. Contabilizar los estragos de la demoniaca novena letra griega será un ejercicio de dolor más que estadístico.

En el resto del istmo mesoamericano la situación tampoco la pintan con mejores colores.

A la gran parte de las naciones las visitó la muerte de la mano del destructivo Iota. Se calcula que unas 38 personas perdieron la vida en Centroamérica a causa de Iota, que luego se degradó a tormenta tropical.

La región es un polvorín que almacena riesgos; la zona más endeble del planeta frente al cambio climático.

Por lo pronto, esta semana, la mayoría de sus jefes de Estado exigieron fondos para paliar los efectos de los desastres naturales que provoco el destructivo Iota y antes Eta que desangran sus economías y siembran luto.

Los países responsables de la devastación ecológica deben pagar, a través del Fondo Verde del Clima, las culpas de su desarrollo a toda costa y costo

 

Con información  radiosantacruz.icrt.cu

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