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En el cambio de milenio, la película Matrix (Wachowskis, 1999) con su estética cyberpunk y una narrativa basada en el viaje del héroe, venía a darnos la bienvenida al desierto de lo real. Morfeo ejerciendo de mentor, enseñaba al héroe Neo que vivimos en una falsa realidad, controlada por las máquinas sobre una tierra desolada.

Una visión post apocalíptica y distópica que se sustenta sobre el mito de la caverna de Platón, en el que el hombre, al salir de la cueva, descubre que su mundo son sombras proyectadas del fuego de lo real.

Hoy habitamos en un complejo entramado de redes sociales y dispositivos digitales que han venido a crear una realidad paralela en la que nuestros avatares presentan su mejor versión. Cambiamos de personaje según el juego en el que estamos, hasta repetir lo mismo que en la vida real. La confusión entre lo real y digital nos pierde…

Avatares
Cambiamos según el juego en el que estamos, hasta repetir lo mismo en la vida real

Sin darnos cuenta, podemos pasar más tiempo en el espacio ficticio digital que en la realidad. Esto puede provocar crisis de identidad y la pérdida de nuestras coordenadas tanto físicas como vitales.

¿Qué es la realidad? ¿Quién soy yo, entre todos los personajes? ¿Son los mundos virtuales parte de la realidad? Son cuestiones que podríamos plantearnos, aunque de difícil solución o respuesta. Tomar conciencia de la situación puede ser más importante que resolverlas.

Para ello hemos desarrollado una serie de puntos para comprender el peligro del desierto de lo real. La locura digital es especialmente peligrosa para los más jóvenes, que crecen sin una referencia de lo matérico, sostenidos sobre nubes de información, chips de información y pantallas digitales cada vez más absorbentes.

Michel Desmurget, director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud en Francia, decía recientemente en la Contra de La Vanguardia que en el periodo básico de formación (entre los 2 y 18 años), los jóvenes invierten en pantallas digitales el tiempo equivalente a 30 años escolares. Según este experto en neurociencia, “la orgia digital actual está arrasando con las bases más esenciales de nuestra humanidad: el lenguaje, la concentración, la memoria, la creatividad, la cultura…”

La orgía digital está arrasando el lenguaje, la concentración, la memoria, la creatividad
Michel DesmurgetDirector investigación, Instituto Nacional Salud Francia

Es necesario poder acotar los límites entre lo real y lo digital, no sólo para prevenir a nuestros hijos, sino para afinar nuestras capacidades mentales.

El terreno digital puede ser un campo maravilloso, y la tecnología un gran avance, siempre que estén a nuestro servicio. Si nos llevan a caer en la confusión del desierto de lo real, tendremos que despertar como Neo. La vida es una suma de experiencias en el espacio de lo real.

Los peligros
Perder la noción espacio – tiempo

Las coordenadas espacio temporales han sido uno de los pilares de nuestra idea de realidad. Incluso cuando ficcionamos, tendemos a mantener la acción sobre un lugar y tiempo determinado. Así, cada vez que cambiamos de coordenadas entendemos que se trata de una nueva experiencia o suceso.

El mundo de las pantallas digitales contribuye a desintegrar el espacio-tiempo, haciéndonos perder la noción de dónde estamos o de saber el tiempo que ha transcurrido. Cuando dejamos la realidad para entrar en lo digital, no sabemos cuánto tiempo pasaremos. Casi siempre es más de lo que pensábamos.

Desdibujar los límites del umbral

El umbral es la puerta a otro mundo, el límite entre dos mundos diferenciados. En el terreno de lo digital, el umbral está completamente difuminado. Continuamente nos perdemos en el paraíso de lo digital, fascinados por sus encantos. Cada vez es más difícil acotar los límites porque el territorio de lo digital nos es muy familiar. El tiempo que invertimos lo convierte en algo real. La mente cae hipnotizada mientras el cuerpo permanece sin reacción alguna.

Poder establecer los límites entre lo real y lo digital es la clave de una relación sana con las nuevas tecnologías. Modernidad y tradición no tienen por qué estar reñidas, pero es necesario diferenciarlas.

Incapacidad de procesar

La cantidad de estímulos e información que llegan desde el mundo digital es tan abundante que se hace difícil de procesar. Todo depende de la edad y agilidad del navegante, pero los mayores, por falta de hábito, o los jóvenes, por su voracidad innata, tienden a la saturación.

Lo digital nos arrolla y engatusa, haciendo difícil discernir qué es real. La sobreabundancia de información y datos distorsionan no sólo los límites espacio temporales sino nuestro foco mental. De algún modo, es como si nuestro disco duro se saturara y perdiera el sentido de raciocinio u orientación. En este estado nos volvemos más manipulables y por tanto, vulnerables.

Alteración de la percepción

Una consecuencia de esta saturación es la percepción alterada. Muchas horas dentro de los mundos digitales crean una percepción encapsulada, como si la realidad circundante hubiera dejado de existir. De pronto, somos, sentimos y percibimos en lo digital.

El mundo real desaparece y matrix se presenta como ese temido desierto de lo real. Un espacio incompleto donde nuestros sentidos se empobrecen y dañan.

La alteración perceptiva se manifiesta en las consolas de juegos a gran formato. Lo que, inicialmente, puede ser un estímulo para nuestros reflejos, acaba siendo una alteración de la percepción natural de todo ser humano.

Inmersión total

La pérdida de sentido de la realidad se produce cuando somos absorbidos por las redes o los encantos de los mundos digitales. Entonces, entramos en otra forma de atención plena, una que sólo mira para dentro de las pantallas o cuanto acontece en ellas. En ese instante, podemos ser atropellados por un coche o patinete si andamos por la calle. Con el móvil en la mano, revisando likes o compartiendo fotos, se va la vida sin darnos cuenta.

La actitud consciente sería darse cuenta de lo que sucede cuando nos conectamos a lo digital, para evitar irnos de la realidad en la que vivimos. Bien entendida, la inmersión total puede ser una forma de evasión y descanso. Todo depende de poner consciencia en lo que hacemos.

Atrofia por usar la tecnología como extensión corporal

Fruto de la inmersión en los mundos digitales, podemos llegar a ver nuestras extremidades corporales como extensiones tecnológicas. Esta idea, que desarrolló el teórico de la comunicación Marshall McLuhan en la segunda mitad del siglo XX, contempla la robotización del ser humano. Sin llegar a ser androides, el uso de las tecnologías propias del mundo digital hace que en vez de oídos podamos tener auriculares, cámaras en vez de ojos, computadoras substituyendo al cerebro y unos dedos táctiles casi virtuales.

Poco a poco, el ser humano va rodeándose de elementos tecnológicos que le son fundamentales. Si son muletas, ayudas, complementos o privaciones de contacto con el cuerpo real, es cuestión del uso que hacemos de ellos.

Ciertamente, hay momentos en que pensamos que lo digital puede estar atrofiando el cerebro y algunas de nuestras extensiones corporales.

Pérdida del sentido de identidad

El sentido de identidad es uno de los aspectos que más pueden verse afectados por la confusión entre la realidad y lo digital. Si olvidamos la persona que somos, en detrimento de los personajes que hemos creado en las redes, podemos acabar muy perdidos, desembocando en importantes crisis. El peligro es que las cosas le vayan mejor a nuestro avatar, en cuyo caso, querremos vivir nuestra vida digital negando la real.

Lo ideal es que pudiéramos integrar ambas parcelas y todos los personajes encajaran en una sola identidad coherente. Dado que esto no es nada fácil, el recurso de poner límites puede servir para discernir qué personaje estamos interpretando en cada momento.

No hay que perder el sentido de identidad. Una cosa son los caprichos del ego y las ganas de ser aceptados con un montón de likes en las redes, y otra, dejar de saber quién somos.

Llevar el juego a la vida

La vida puede ser un juego, pero un juego no puede ser nuestra vida. El gaming o la cultura del videojuego es una de las industrias más potentes del mercado. Millones de jóvenes y adultos comparten esta afición, sana como entretenimiento y enfermiza como obsesión. Lo peor cuando actúa en desequilibrio es que traslada las conductas del juego a la realidad. Si confundimos lo ficticio con lo real, podemos acabar pegando tiros por la calle o creyendo que somos superhéroes de consola.

La vida es para disfrutarla y la realidad para vivirla. No dejemos que los encantos de la tecnología digital nos confundan.

ALEXIS RACIONERO RAGUÉ

.lavanguardia.com

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Hector Figuera

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