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Las elecciones presidenciales de EEUU encuentran a Trump gestando un nuevo clivaje: ser americano versus no serlo, es decir, patriotas o globalistas

Sumisión a los globalistas. Una de las palabras utilizadas por el presidente Donald Trump el pasado 4 de julio en la celebración del Día de la Independencia. La evocación a la libertad como una de las banderas sobre las que se enarboló la gestación de los Estados Unidos de América desató un paneo rotundo de condenación a las prácticas que hoy agobian a los americanos.

La alerta fue un llamado de atención directo a quienes instigan a las revueltas.

Detrás algo más sombrío, un poder paralelo de los globalistas que avanza a todo vapor devorando naciones: el globalismo con señales de las elites políticas, económicas, académicas y mediáticas. “Nuestro nación es testigo de una despiadada campaña para aniquilar nuestra historia, difamar nuestros héroes, borrar nuestros valores y adoctrinar a nuestros niños”, afirmó Trump. “Ahora estamos en proceso de derrotar a la izquierda radical, los marxistas, los anarquistas, los agitadores, los saqueadores”. Agregó: “No permitiremos que turbas airadas derriben nuestras estatuas, pisoteen nuestras libertades”.

Quienes acuerdan con el poder conocen su trastienda.

“No hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz” (Lucas 8:17). Hoy la sociedad norteamericana se ve inmersa en un péndulo que la excede.

La lógica del globalismo incluso puede ir más allá de la lectura convencional que haga un ciudadano aún en contexto de elecciones. Unos pactan por temor. Otros, por avaricia de poder desenfrenada. Así fluctúa el hombre a la hora de enfrentar decisiones peligrosas.

Una vez que se avanza sobre un terreno moralmente condenable es difícil retroceder y casi imposible volverse vulnerable a lo reprochable. Dos actores en un mismo escenario: la turbación nacional.

La polarización política tira por la borda toda lógica parsoniana del orden. Uno de los mayores exponentes del Estructural-Funcionalismo, el sociólogo Talcott Parsons concibe a la sociedad, bajo un enfoque sistémico, como un sistema abierto inmerso en un ambiente-entorno que la afecta.

Así, el sistema general de la acción está integrado por cuatro subsistemas: el social -permite la integración del individuo en la sociedad-, la personalidad -rasgos individuales, orientaciones y motivaciones en pos de objetivos, el cultural -normas y valores que regulan y guían la conducta del individuo – y el biológico -vinculado a suplir las necesidades-. Las sociedades tienden hacia la autorregulación y la autosuficiencia determinada por necesidades básicas como ser la preservación del orden social, el abastecimiento de bienes y servicios, la educación como socialización.

Los politólogos Lipset y Rokkan abordan las divisiones sociales en tanto clivajes o fracturas socio-políticas resultado de conflictos que emergen al interior de cada uno de los sistemas (económico, político, social entre otros).

Las presidenciales de los Estados Unidos encuentran a Trump gestando un nuevo clivaje: ser americano versus no ser americano, es decir, patriotas versus globalistas. El marcado antagonismo ha llevado a un desguace del sentido de unidad y hermandad social al punto del quiebre en la idea de Nación.

La estereotipación hacia los afroamericanos allanó el camino en la escisión de votantes; los defensores y los adversarios. El racismo está en agenda y hay quienes afirman resulta parte de una estrategia de los globalistas para pulverizar la unidad nacional.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando el sacrificado es el pueblo?

Quienes detentan el poder financiero global (los globalistas) se pasean a sus anchas con agendas definidas. Está en los ciudadanos el protagonizar una rebelión pacífica.

El despertar de las masas sólo opera en el marco de las libertades. Ya Alberdi en sus pensamientos lo reflejaba: “Toda ley, decreto o acto que comprometa el principio de libertad es un ataque serio a la riqueza del ciudadano, al Tesoro del Estado y al progreso material del país. El manantial de la riqueza es el trabajo libre, su opresión es causa de miseria y escasez para el país y es el origen de todas las degradaciones que trae consigo la pobreza”.

Las elecciones del 3 de noviembre no tendrán consecuencias sólo en los Estados Unidos.

Se trata de un enfrentamiento crudo entre dos modelos diametralmente opuestos: quienes defienden a los globlalistas con intereses espurios y quienes abrazan la soberanía e independencia de los Estados Nación. El resultado de los comicios inclinará la balanza a un mundo que día a día deja aflorar los móviles que traslucen las acciones de gobiernos nacionales y organismos internacionales

 

Por Gretel Ledo – Analista Política. Magister en Relaciones Internacionales Europa – América Latina (Università di Bologna). Abogada, Politóloga y Socióloga (UBA)

 

Fuente consultada lagacetasalta.com.a

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