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Existe incertidumbre en la economía y la política contemporánea, lo que habilita un gran debate mundial sobre lo que acontece en el marco de la pandemia. El interrogante es como sigue la historia, en lo económico y en lo político.

La sensación es que “esto” no funciona y remite al orden contemporáneo, que la pandemia desnuda con crudeza, por insuficiencia en la respuesta sanitaria o económica, lo que afecta a la vida cotidiana de millones de personas. Incluso, ahora con vacunación iniciada, problemas de producción y limitado alcance de inoculados, los contagios crecen y la edad de afectados baja. El problema no es solo de personas mayores o vulnerables, ni siquiera de corto plazo.

A comienzos del año se debatió en el contrapunto del Foro Económico Mundial y en el Foro Social Mundial que “algo” había que hacer.

Ambos cónclaves demandaban “cambios” con rumbos divergentes. El cambio es notorio en ciertos mensajes, caso de la prédica del FMI y otros organismos sobre la necesaria intervención pública para contener la emergencia y la potencial amenaza del conflicto social. Al respecto, acaban de cruzar palabras en reunión virtual del Mercosur los ministros de economía de Brasil y de Argentina, reivindicando la liberalización el primero y la participación estatal el segundo.

Las opiniones en debate remiten al legado tortuoso de la situación mundial en el post 2008/09, la desaceleración de la economía mundial, previsible también a futuro, junto a los miedos e incertidumbres para las nuevas generaciones, privadas de los beneficios históricos del “contrato social”, y los desafíos que especialmente genera el feminismo, el cambio climático o la digitalización.

En este sentido, Minouche Shafik, la titular de la London School of Economics convoca hace tiempo a la recreación del “contrato social” ante la insatisfacción extendida respecto del orden actual entre jóvenes y mujeres.

La recuperación de la categoría del “contrato social” remite al nuevo orden capitalista emergente con la revolución productiva y la industria, inspiración política de la revolución francesa. De allí provienen las nuevas codificaciones y regulaciones de la sociedad contemporánea, recogidas en textos constitucionales, ordenamientos y regulaciones sociales locales y mundiales.

Ese contrato fue objetado por luchas sociales y políticas y recreado para superar la crisis de 1930 bajo el “new deal”, enmienda constitucional mediante en EEUU. Se trató de la actualización del orden económico social para no sucumbir a la debacle anunciada por la gran crisis y el desafío del oriente socialista instaurado en 1917.

Fue una acción defensiva generalizada en Occidente, en la segunda posguerra, bajo la denominación de “Estado del Bienestar”, que devino en la ampliación de derechos sociales, la mejora del ingreso de la población, al tiempo que satisfacía el objetivo de la ganancia.

El Estado benefactor encontró los límites de la crisis de los 70, por lo que hubo que discutir el “contrato social” a una nueva lógica liberalizadora, denominada “neoliberalismo”.

La situación actual convoca nuevamente a pensar en adecuaciones del contrato social, más aún sin la existencia de la bipolaridad global, desarticulada hace tres décadas.

El interrogante sobre por donde transitar promueve las pasiones: a) de quienes miran hacia atrás y demandan mayor liberalización económica social, en desmedro de derechos sociales conquistados, laborales, sociales, colectivos; b) a quienes imaginan que es posible avanzar en reformas que atenúen los regresivos impactos sociales y naturales acumulados en tiempos de liberalización por casi medio siglo (una vuelta al Estado benefactor) y claro, c) la crítica al orden vigente y la demanda por un nuevo orden, relativo a “otro mundo posible”.

Son debates de época que están detrás de las discusiones políticas, económicas, sociales, culturales de la cotidianeidad.

 

Por Julio Gambina es Doctor en Ciencias Sociales, UBA. Profesor Titular de Economía Política, UNR. Integra la Junta Directiva de la Sociedad Latinoamericana de Economía Política y Pensamiento Crítico, SEPLA.

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Hector Figuera

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