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Donald Trump termino su mandato en los Estados Unidos, pero su legado y sus decisiones quedarán como un desafío importante para su sucesor Joe Biden. La superpotencia mundial deberá encarar una prolija tarea para reposicionarse como tal, reconstruir vínculos históricos que quedaron muy dañados -como con la Unión Europea-, a la vez que contener la ofensiva pertinaz con que la República Popular China y, en menor medida, la Rusia de Vladimir Putin, ponen en jaque la supremacía norteamericana en el orden global.

También los organismos internacionales han sido blanco del ninguneo y de fuertes críticas de Trump, que así contribuyó al descrédito, por ejemplo, de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), tan cuestionada y desfinanciada, como todas las demás.

Quizás un punto alto de la gestión saliente de Washington haya sido el de no haber entrado en nuevas guerras durante los cuatro años y haber desactivado, por motivos más económicos que estratégicos desde la geopolítica, buena parte de los conflictos en los que estaba involucrada, donde se puede a poner a Siria y Afganistán como claros ejemplos de desmovilización.

La guerra comercial con China es quizás el desafío más importante que tendrá que resolver Biden, ya que parece imposible que ambos países desanden un camino que ya decidieron -con mucha intensidad- en muchas áreas, siendo la de las telecomunicaciones la más conflictiva, en lo inmediato. El gigante asiático ha demostrado su enorme capacidad de asimilar golpes, un poco gracias a su cultura milenaria y otro tanto por el poderío con el que cuenta, al que ha sumado un sostenido incremento de sus fuerzas militares en los últimos 20 años.

Si bien en el plano bélico ningún país en el mundo es capaz de igualar la cantidad de bases militares  que tienen los Estados Unidos alrededor del planeta, lo cierto es que sus condiciones políticas no son hoy las mejores para que el factor armamentista sea tan efectivo como lo fue antes, sólo será eficaz cuando lo político restablezca las condiciones de ese dominio, algo que probablemente no suceda en el corto plazo.

Nuestra América Latina no verá grandes cambios en el accionar norteamericano, que está más preocupado porque los chinos y los rusos no ganen terreno ni aliados que por mejorar las relaciones con los países de la región. Ha vuelto un típico gobierno de lobby en los Estado Unidos, más asociado al establishment, a las agencias y a las corporaciones, y será ésa la herramienta que desarrollarán, como siempre ha sido en nuestro continente. La OEA y el BID configuran un tándem regional que prima facie no promete apoyo a los países que no se alineen con sus conducciones.

La vieja Europa había quedado sin la protección de su principal aliado en la era Trump, a la vez que se distanciaba cada vez más de todo lo que estaba en el este de la Unión, dejándola en una situación de soledad en la pelea grande, solamente sostenida por la arrolladora capacidad alemana de unir al rebaño.

El Brexit fue otro golpe duro y es una incógnita aún su futuro funcionamiento, en relación tanto a Estados Unidos como con sus ex socios europeos. Es fundamental para Europa curar rápido las heridas con los Estados Unidos, a la vez que no promover más odio y desconfianza contra Rusia y sus aliados. 

La pandemia del COVID 19 es otro de los elementos que en este 2021 alumbrarán los nuevos alineamientos en relación al tratamiento de la misma, de la distribución de las vacunas y, en definitiva, de todos los problemas económicos y sanitarios que todavía el mundo no puede controlar, ni parecería que lo hará en el corto plazo.

Los virus demostraron ser tan letales o más que los misiles, y el mundo se lo permitió luego de convivir con el peligro de la guerra nuclear durante más de 50 años. Será uno de los elementos a analizar cuando haya más información y el planeta logre ir saliendo de la crisis en que lo sumió la pandemia.

Por último, la guerra del conocimiento, de la interconexión global de datos y del agua parecen ser las estrellas de los conflictos que vienen en gran escala, más allá que todavía queden algunos resabios de peleas por petróleo o por territorios, que van a ir quedando a un lado en la medida que avancen las primeras.

Habrá que ver qué rol le tienen asignado los países líderes a los gigantes del conocimiento, que avanzan sobre la política sin mayores regulaciones y con problemas que en general se solucionan a través de las enormes sumas de dinero que manejan. Un pequeño grupo de empresas sabe qué va a pasar, dónde, cuándo, las reacciones y a veces hasta poder intervenir en el proceso, es una enorme ventaja comparativa que poseen estos grupos, cada vez más trasnacionales, por sobre cualquier gobierno, por más poderoso que éste sea.

El mundo se asoma a una nueva era que nada tiene que ver con el viejo orden mundial que estamos dejando. De los alineamientos inteligentes dependerá el desarrollo y la sustentabilidad de cada región o país en lo que viene. Sólo queda para los países emergentes no equivocar las alianzas, ser sensatos en las decisiones y prudentes en el manejo de lo difícil, lo táctico y estratégico.

 

Por Fernando Riva Zucchelli

Con información noticiasurbanas.com.ar

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Hector Figuera

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