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Con Estados Unidos en retirada de la escena internacional, se dibuja un nuevo orden en el mundo. ¿A qué papel debe aspirar Europa?

Al término del conflicto este-oeste se hablaba de un “nuevo orden mundial” que aún estaba por desarrollarse. La estructura de una confrontación bipolar se había desvanecido, pero todavía no estaba claro cuál sería el modelo que vendría a sustituirla: China se encontraba inmersa en sus propios asuntos después de la brutal represión de los movimientos a favor de la democracia.

Rusia, principal estado sucesor tras la caída de la Unión Soviética, se hallaba en plena búsqueda de un nuevo orden para sí misma; los europeos, por su parte, se ocupaban de una posible ampliación hacia el este y, al mismo tiempo, se veían desbordados por la desintegración de Yugoslavia a causa de la guerra.

Así pues, en cierto modo fue algo espontáneo que recayera sobre Estados Unidos la tarea de construir el nuevo orden mundial. Incluso esta nación llevó adelante este proyecto de forma más bien natural, y no tanto ateniéndose a una idea o plan. De este modo, Estados Unidos asumió un papel que pronto le resultó demasiado exigente y del que, pasado el tiempo, ya se ha desentendido.

Si queremos describir este orden mundial en ciernes surgido entre el final del conflicto este-oeste y la retirada de Estados Unidos de sus compromisos globales, debemos destacar tres rasgos fundamentales: el proyecto de una interdependencia económica global, que debería transformar la confrontación política en cooperación económica; la juridificación de la política internacional asociada a ello, en donde los tribunales de justicia internacionales asumirían la función de arbitraje; y, por último, la necesidad de un “guardián” de ese orden que interviniera en caso de vulneraciones graves, imponiendo a los infractores los principios de dicho orden con la fuerza militar, si fuese preciso.

Herfried Münkler durante la presentación en Madrid de su libro ‘Imperios’
Ese papel correspondía a Estados Unidos.

En teoría, ellos debían ser los defensores de ese orden, pero, en la realidad, sus intervenciones han estado, en la mayoría de los casos, motivadas por sus propios intereses. Por tanto, algunos han hablado de un orden unipolar, mientras que otros lo describían como multilateral. Esta definición poco clara remitía al fundamento no resuelto de ese orden: ¿cuánta carga normativa podemos permitirnos dentro de un orden sin que el “guardián” se convierta en un “amo”?

Visto en retrospectiva, este problema se pone de manifiesto con más claridad de lo que percibían la política operativa y los intelectuales enredadores de esa época. Aquí habría sido útil echar un vistazo a la historia de los imperios. Sin embargo, cautivados por la idea de que nos encontramos en el albor de un mundo totalmente nuevo y de que en el futuro solo será cuestión de imponer normas de forma generalizada, la mayoría consideró superfluo ocuparse de la historia de las ideas políticas y de la historia real.

Así, ahora reina el desconcierto y existe una peligrosa inclinación a esperar que pronto Donald Trump deje de ser presidente de Estados Unidos  y todo se solucione. Pero no será así. Esto supondría, por un lado, un nuevo fracaso de las ideas ilusorias y, por otro, la oportunidad perdida de reflexionar sobre un orden mundial en el que la Unión Europea ocupara un lugar preponderante.

Desde el romano, los imperios han sido emblemas de órdenes pacíficos que en ocasiones han perdurado durante siglos

¿Guardián del orden?

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la descolonización, los imperios se han descrito en general como sistemas de explotación y opresión, lo que a menudo son, pero no solo ni exclusivamente. Desde el Imperio romano, pasando por el Imperio español y el británico, hasta el Imperio americano, también han sido emblemas de órdenes pacíficos que en ocasiones han perdurado durante siglos. Eso no significa que la paz haya reinado siempre y en todas partes, pero la paz era la norma y la regla de dichos órdenes.

No podemos decir lo mismo del sistema europeo de estados surgido en los siglos XVI y XVII, cuya idea del orden era la juridificación de la guerra. Y luego existió también la idea del poder hegemónico, que, en un sistema de entidades formalmente iguales, era el primero, el mayor y el más fuerte, lo que le permitía atribuirse una serie de privilegios.

En la realidad política se pueden observar toda clase de formas mixtas de estos tres tipos fundamentales, pero no alternativas importantes. Solo podemos considerar una alternativa al “nuevo orden mundial” posterior a 1989-1990, pero su rápido fracaso nos sugiere que en el futuro debemos seguir contando con los tres modelos clásicos del orden internacional

Pero ¿qué significa esto en concreto? El papel de “guardián del orden” trae aparejados costes, tanto políticos como económicos, que ninguna potencia está dispuesta a asumir a largo plazo si no obtiene ciertas ventajas como contrapartida. Cuando se trata de un poder democrático, las ventajas deben distribuirse de tal manera que una gran mayoría de ciudadanos esté dispuesta a correr con los gastos.

La victoria electoral de Donald Trump, obtenida bajo el lema “America first”, es señal de que este no era el caso en Estados Unidos. Actualmente, Trump busca el apoyo de sus partidarios revocando uno tras otro sus compromisos internacionales. Su política en ese terreno se limita a desbaratar el papel de guardián, sustituyéndolo por negociaciones bilaterales.

Los europeos van descaminados si siguen dependiendo de las decisiones del presidente norteamericano

¿Será China, como piensan algunos, quien asuma el papel de Estados Unidos en los próximos años? Eso es bastante improbable. De hecho, China está ampliando con determinación su influencia en Asia central y África oriental con la estrategia de la Nueva Ruta de la Seda, pero eso no tiene nada que ver con asumir la responsabilidad de un orden global.

Se trata más bien de una política de dominio orientada por el “principio de pata de gato”, a la que un “Occidente” perplejo no logra oponer resistencia. Es por eso que China parece más fuerte de lo que en realidad es.

¿Y los europeos? Van descaminados si siguen dependiendo de las decisiones erráticas de un malhumorado presidente norteamericano y sus votantes. Antes bien, deberán lograr una autonomía estratégica para que en el orden mundial del futuro puedan ser sujetos y no objetos.

Para ello, deberán renunciar a una pretensión de liderazgo global, más aún teniendo en cuenta que últimamente este liderazgo solo se ejercía en el plano de las exigencias morales, que tampoco eran capaces de imponer.

En lugar de ello, lo importante será consolidar la centralidad europea en lo político y lo económico y estabilizar las periferias frágiles, desde los Balcanes, pasando por Oriente Próximo, hasta la costa mediterránea que se extiende frente a Europa. Esta sola tarea podría llevar a Europa al límite de sus capacidades.

Pero aún se añade otra, que consiste en imponer una voluntad y unos objetivos propios frente a los grandes actores, como China y Rusia, pero también frente a Estados Unidos. Estos, a su vez, intentan impedirlo: China, propiciando la dependencia financiera de algunos países europeos; Rusia, con campañas de desinformación y ataques de hackers; y Estados Unidos, mediante una combinación de amenazas y chantajes.

Las tres potencias se proponen aprovechar la rivalidad entre europeos para utilizar a determinados países como peldaños para avanzar en sus propios intereses políticos. En los próximos años se decidirá si su estrategia tiene éxito o si la UE se convierte en un actor independiente.

■ Herfried Münkler (1951) es profesor emérito de Ciencias Políticas en la Humboldt-Universität de Berlín y miembro de la Academia de Ciencias de Berlín-Brandeburgo. Recientemente se ha publicado su obra Imperios en Nola Editores

 

 

 

Con información lavanguardia.com

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