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Militancias antivacunas y anticiencia. Disputas partidistas, ideológicas. Multimillonarios que incrementan sus fortunas a costa de un desastre humanitario. Acaparamiento de vacunas de los países más ricos. Trabajadores de la salud exhaustos. Violaciones a los derechos humanos. Indolencia de muchos gobernantes. Irresponsabilidad de muchos medios de comunicación. Desigualdad y pobreza que se expande en todas las latitudes.

Y muertos. Sobre todo, muertos.

El estremecimiento colectivo que hace casi un año provocaban las cifras de contagios y fallecimientos por coronavirus dio paso a una indiferencia social difícil de entender, de explicar.

Ya murieron más de dos millones de personas.

Estamos cerca de los 100 millones de casos. Son millones de familias sin consuelo. Más los pacientes recuperados con secuelas todavía imprecisas.

¿Por qué no hay una conmoción mundial?

¿Por qué las campañas contra las vacunas, en lugar de decrecer, se fortalecen? ¿Por qué, sin importar el país del que se trate, oficialismos y oposiciones se enfrascan en debates con sesgos partidarios, ajenos al desasosiego que padece gran parte de la ciudadanía?

En mayo del año pasado, el azoro fue la reacción inmediata a las imágenes de cadáveres tirados en las calles de Guayaquil. Sus familiares los sacaban por temor al contagio en una ciudad con hospitales y crematorios desbordados. El gobierno ya había tenido que retirar centenares de muertos estancados en sus hogares. No había dónde enterrarlos. El operativo no alcanzó.

El horror no amaina en casi ninguna parte del mundo. Se replica bajo múltiples facetas, al amparo de la apatía que predomina un año después del estallido de la pandemia.

Desastre

Ya casi no hay camas en los hospitales de la capital mexicana. La ocupación roza el 90 %. Hay escasez de respiradores. Trabajadores de la salud reconocen que a veces, en su llegada a los hospitales, les piden que dejen morir a los pacientes agonizantes para pasarlos directo de la ambulancia a los anfiteatros. No tienen lugar para atenderlos.

La tragedia sanitaria se combina con la económica.

En un país en el que, al igual que en el resto de América Latina, la mayor parte del trabajo es informal, millones de personas no pueden salir a vender los antojitos o mercaderías que les permiten vivir al día. Pasan, sin escalas, de la pobreza a la pobreza extrema. No hay programa de asistencia social que alcance. La Cepal ya avisó que es la peor crisis en un siglo.

En Argentina, un juez le ordena a un sanatorio que suministre dióxido de cloro a un paciente. El paciente muere. Aflora la indignación. ¿Cómo es posible que un juez avale tratamientos que no sólo no están autorizados, sino que son peligrosos? Pero la desinformación sobre los falsos «tratamientos alternativos» se propaga, a veces con el respaldo de los propios gobernantes.

Ahí tenemos el caso de Brasil. Jair Bolsonaro se resiste a las vacunas y promueve la hidroxicloroquina. Sus seguidores producen un video musical adornado con orgullo patriótico en el que exigen «tratamientos precoces» con sustancias que ponen en riesgo la salud.

Mientras tanto, los hospitales de Manaos se quedan sin oxígeno para pacientes de Covid. Sin sorpresa alguna, Bolsonaro responde con plena indiferencia. Desde Venezuela, que padece su propia crisis humanitaria desde la era precoronavirus, llegan los preciados suministros.

En Perú, las unidades de cuidado intensivo también están colapsadas. Hay tensión ante el creciente aumento de casos. Médicos convocan a una huelga nacional porque no tienen garantías para trabajar, ni vacunas. Se mantiene el toque de queda de las once de la noche a las cuatro de la mañana. La preocupación no es muy distinta en el resto de América Latina, en donde la mayoría de los países todavía no tiene vacunas aseguradas.

La catástrofe no es sólo sanitaria.

Más de siete mil hondureños salen de su país a pie, en una caravana que intenta cruzar Centroamérica, y México con destino final a un Estados Unidos en el que Donald Trump deja como principal legado una democracia erosionada. Los migrantes, que acumulan pobreza, violencia y plena injusticia social, se topan con la represión.

¿Primer mundo?

En Viena, una multitud sale a bailar y abrazarse sin barbijos ni alcohol en gel ni distancia social. «La pandemia no existe», es el lema negacionista que recorre la Plaza de los Héroes. Se repite cada tanto en cualquier marcha contra las cuarentenas en gran parte del mundo.

Los gobiernos de España y Francia hacen malabares con el toque de queda. Adelantan, amplían horarios para restringir la circulación de personas y evitar más contagios. Nada convence a los opositores. Las nevadas históricas agravan la situación. En Alemania, Angela Merkel advierte que lo más difícil todavía no ha pasado.

Las morgues de Los Ángeles no se dan abasto. Contratan camiones refrigerados para acomodar los cuerpos de las víctimas del coronavirus. En algunos cementerios hay listas de espera de por lo menos dos semanas para recibir más cadáveres. En las funerarias hay escasez de ataúdes. Las autoridades sanitarias les piden a las productoras detener la filmación de películas y series. No es tiempo para la ficción.

Estas son escenas de los últimos días. Ni siquiera es un reporte exhaustivo, apenas imágenes de la tragedia en la que estamos inmersos.

La pandemia no discrimina.

Ya se contagiaron líderes de todos los signos políticos, de Bolsonaro, Evo Morales, Donald Trump y Boris Johnson, a Juan Orlando Hernández, Alejandro Giammetei, Aleksander Lukashenko y Emmanuel Macron.

Se sugieren o imponen cuarentenas, hay campañas contra la segundas, terceras olas; asoman epidemias de depresión en adolescentes; las fronteras siguen cerradas o limitadas; agotados, las y los médicos, enfermeros y personal de salud en general no entienden la rebeldía de la gente que se niega a cumplir con las recomendaciones. A cuidarse y a cuidar a los otros

Las redes sociales se han convertido en obituarios colectivos, en espacios de descarga ante el dolor de ausencias repentinas.

Y a todo esto, ¿qué estamos haciendo cada uno de nosotros? ¿Nos basta con criticar a los políticos, a los gobiernos? ¿Pensamos, asumimos, ejercemos la responsabilidad que nos toca? ¿O nos conformamos con la queja y el pesimismo?

Marcela Turati, una de las mejores periodistas de América Latina, se preguntó el fin de semana qué hacer para responder a este momento. Y ella misma se respondió con una cita de la filósofa estadounidense Donna Haraway:

«La lista de problemas es inmenso: seguir con los problemas, con buen corazón, de manera colectiva, unos con otros, no con espíritu cínico ni optimista sino viviendo entrelazados, para ayudar a  generar un ahora más robusto, un  presente más resistente.

No se trata de pensar de manera futurista ni de resolver  problemas sino de seguir unos con otros, de vivir unos con otros para una curación parcial, para abrir posibilidades y seguir con el problema

No creo que lo que estamos experimentando sea parálisis (sino caos) pero necesitamos desesperadamente formas de actuar y de imaginar cómo hacer que las cosas sean de otra manera (…) Necesitamos contar historias para conectar todo esto, para abrir la imaginación para todo aquello que puede ser aunque no lo sea todavía.»

Ya quedó demostrado que a este colectivo que llamamos Humanidad la pandemia no nos volverá mejores, como soñaron tantos al principio del desastre. Ojalá trabajemos, entonces, para que tampoco seamos peores.

 

 

Cecilia González, periodista y escritora

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Hector Figuera

Hector Figuera

CEO Fundador del portal RCENI Radio Centroamérica Internacional Audiovisualista Temático Antropocentrico especializado en composición.