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En teoría, esta nueva etapa Web3 se parecerá mucho más a la idea primigenia de la red, un lugar descentralizado que reequilibre la balanza del poder entre usuarios y empresas, pero en la práctica puede volver a acabar en papel mojado

La idea de la Web 3.0 –o Web3– suena cada vez más fuerte, pero sigue siendo una gran desconocida para el público general o, dicho de otra manera, para los que son todos sus potenciales usuarios. Se trata de una nueva etapa en la evolución de internet que, en teoría, traerá consigo ciertas novedades que tienen como base la que ya fue su idea primigenia: la descentralización.

Si usted ya se conectaba a la web en los 90, recordará aquellas páginas con elementos estáticos, desarrollados con un lenguaje HTML muy básico y que apenas permitían la interacción (por ejemplo, las primeras ediciones digitales de los periódicos).

Era la Web 1.0, que hoy se caracteriza más bien por una serie de carencias que fueron completadas, en parte, por su sustituta, que se fue implementando durante la década siguiente.

La Web 2.0, vigente hasta la actualidad, tiene entre sus máximos exponentes las redes sociales, las plataformas de comercio electrónico o los motores de búsqueda y, claro, sus modelos de negocio. Fueron los años en los que Google, Facebook o Amazon se convirtieron en auténticos gigantes.

Ahora es el momento, según señalan muchos, de la web 3.0, donde todo apunta a que las criptomonedas y el blockchain serán algunos de sus elementos centrales. Pero no solo eso: también se pretende que el poder pase de las grandes compañías a las comunidades.

“El problema de la privacidad en internet se basa en que casi todos los datos son controlados por Web3 empresas muy grandes, algo que pretende cambiar la cuenta Alessandra Gorla, profesora investigadora del Instituto IMDEA de Software en Madrid, que lo resume en dos ideas centrales. La primera, que se base “en una web descentralizada, donde todo el control lo tengan las empresas, como ocurre ahora”. La otra es “intentar que toda la información se pueda encontrar de forma más sencilla y exacta” gracias a los avances tecnológicos.

El concepto de esta nueva etapa iría mucho más en la línea de las ideas de Tim-Berners-Lee, el padre de internet y crítico con el modelo actual. De hecho, el sinónimo de Web3 es web semántica, un término que él ya utilizaba en 2001. Unos años después, un artículo del programador Jeffrey Zeldman se mostraba crítico con el 2.0 y pedía pasar al 3.0, siendo la primera vez que se mencionaba de esta forma.

Un mayor control de los datos personales

Víctor García Font, profesor de Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), agrega que se trata de “integrar tecnologías que funcionan por separado, como la inteligencia artificial o el ‘machine learning’, para obtener un nuevo ecosistema”. Una idea que trataría de reequilibrar la balanza del poder en internet en favor de los usuarios. Sobre este punto, este docente detalla que la idea es que cada persona “no tenga que dar datos a cada proveedor y, además, pueda controlar a quién se los da”.

Así lo ilustra:

“Hoy lo normal es proporcionar nombre, dirección o tarjeta de crédito de forma replicada a muchas plataformas pero, si lo piensas, ellos no necesitan toda esa información para ofrecer sus servicios. La Web 3.0 propone protocolos para que sean los propios usuarios quienes conserven los datos y den el mínimo posible. Es algo que pone más difícil, por ejemplo, a Facebook recabar información sobre opiniones políticas o preferencias de consumo”.

Otro aspecto que se suele destacar es que el uso de redes sociales descentralizadas garantizaría que no hubiera restricciones a la hora de publicar contenidos, pero también es cierto que ese ha sido precisamente el talón de Aquiles para la imagen pública de las centralizadas Twitter o Facebook, donde la extensión de las noticias falsas o discursos del odio se ha extendido sin que nadie tenga claro cómo ponerle coto.

“Si se censuraran contenidos en las redes sociales convencionales, quizá mucha gente se movería a otras plataformas descentralizadas, pero eso también puede ser un problema», sopesa García Font, que recalca que «en la Web3 se deja la responsabilidad a los usuarios, que pueden implantar un modelo de comunidad que modere contenidos según unas normas decididas por todos sus miembros».

«Hay muchas posibilidades de gestionarlo, pero el modelo centralizado deja que Zuckerberg modere lo que considere en Facebook”, recuerda antes de puntualizar que «cuando tienes servicios centralizados es muy fácil prohibirlos porque son unos servidores concretos, pero con descentralizados eso no es posible».

Los incentivos con criptomonedas

Los protocolos descentralizados de la Web3 servirán, entre otras cosas, para que los usuarios proporcionen servicios, muchas veces a través de un sistema de incentivos con criptomonedas. Este profesor recuerda que si hay miles de criptomonedas, no es porque sean únicamente sistemas de pago, sino porque sirven para este tipo de operaciones: «Hay gente que necesita esta moneda para pagar por un determinado producto y otra que lo ofrece. Las criptomonedas tienen valor por eso que se ofrece a cambio de ellas».

En este sentido, destaca que las transacciones se registran de forma transparente mediante ‘blockchain’ y las plataformas se registran en código abierto, por lo que «se puede auditar cómo funciona, mientras que ahora solo puedes confiar en que un proveedor tecnológico va a hacerlo bien y no espiará tus movimientos».

La profesora Gorla, del Instituto IMDEA, pone sobre la mesa el caso del navegador Brave, que podría ser una alternativa a Chrome o Safari, pero sin que su información vaya a parar a Google y Apple. “Está construido con muchas ideas de la Web3 como la privacidad o la descentralización del control con protocolos IPFS, además de que acaban de integrar una función para almacenar archivos como Google Drive”, comenta al respecto.

También destaca que Brave utiliza su propia criptomoneda, Basic Attention Token (BAT), basada en Ethereum. Una de sus funciones es realizar pagos a quienes crean contenido en internet, pero no es la única. “El navegador permite que el usuario elija si quiere ver la publicidad del navegador y, si acepta, reciba una compensación en ‘tokens’”, comenta esta docente, que agrega que “el modelo de negocio es que se queda con una parte de lo que ingresa por esos anuncios”.

“La base es el código abierto, pero detrás de Brave hay una fundación en la que trabaja mucha gente, como ingenieros e investigadores”, cuenta sobre esta iniciativa. En otros casos, apuntan los especialistas, puede bastar con una red de usuarios que sostenga las plataformas.

García Font pone como ejemplo la desintermediación que podría suponer la creación de una suerte de Aribnb o Dropbox con esta filosofía: “Cualquiera que se conecte puede ayudar a mantenerlos. En el caso de un Dropbox descentralizado, cada miembro de la red puede ofrecer su disco duro para generar amacenamiento en la nube a base de ordenadores particulares y sin que nadie lo controle enteramente». Además, enfatiza, la estructura descentralizada hace que «si falla una conexión, no se deja de ofrecer el servicio, cosa que no pasó con la caída de Facebook, donde falló todo porque dependían de un solo proveedor».

Lo más complicado de todo

Eso sí, que nadie espere que un día habrá un corte entre la web 2.0 y la  Web3 al igual que no lo hubo en la anterior transición. Se trata de cambios que se van implantando poco a poco. Para muestra, el profesor de la UOC saca a colación el caso de Bitcoin. “Tiene más de 10 años y hoy en día no hacemos pagos habituales con criptomonedas”, expresa García Font. “Bitcoin salió de la comunidad, se gestiona de forma descentralizada y no ha puesto todos los medios posibles para ganar mercado. Esto conlleva un proceso lento y la gobernanza de los sistemas es diferente”.

El lector que haya llegado hasta aquí ya se habrá percatado de que, aunque todo esto suena muy bien, hay algunos a quien no va a gustar, que son los mismos que tienen la sartén por el mango del internet actual. “Todo lo que ofrecen parece gratuito, pero no lo es, porque van almacenando información y datos sobre nosotros o todo lo que tenemos en la nube”, subraya Gorla, que reconoce que es un proceso difícil de poner en práctica.

Al fin y al cabo, la costumbre ha hecho que “vivir sin, por ejemplo, Google Maps, se ha complicado para mucha gente”. “Habría que convencer a los usuarios de la importancia de la privacidad y cambiar el modelo, pero eso no es nada fácil”. Por su parte, García Font admite que estas tecnologías son una opción, «pero después hay que ver cómo los gigantes las adoptan y si los usuarios se muevan a otras plataformas”.

Para ello, hay algo clave: que sea tan fácil de usar como las plataformas convencionales.

Pero para eso todavía falta que estas tecnologías maduren algo más: «Tienen que desarrollarse hasta el punto de usarse con una buena interfaz de usuario que permita un uso sencillo, sin apenas darse cuenta. Mientras tanto, no se va a poder dar el siguiente paso” a la Web3

 

elconfidencial.com

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CEO Fundador del portal RCENI Radio Centroamérica Internacional Audiovisualista Temático Antropocentrico especializado en composición.